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Liberación, paz forzada (III): Tengo un plan.

  Al día siguiente, Maribel apareció en la casa que también funcionaba como comedor común de los trabajadores.

  Buscaba a William y a Clara; originalmente había planeado escapar esa misma madrugada, pero su nueva comprensión le trajo un cambio de paradigma tras reestructurar su mundo interior.

  ?No puedo dejar las cosas así sin devolver, de alguna manera, el favor que me dieron en este lugar?.

  Aunque ya no sabía qué rostro poner cuando tuviera que enfrentar al viejo.

  Al llegar, la recibió una mujer visiblemente molesta.

  —?Qué quieres? —la pregunta de Clara fue directa, con un afán evidente de ofender.

  Maribel entendía las razones de su enojo y no podía defenderse.

  —H-hola, Clara… Solo quería decirte que he decidido ayudar… aunque bajo ciertos términos.

  Un fuerte ruido de madera cayendo se escuchó de fondo, acompa?ado del grito de un hombre que ella no conocía.

  —?Maldita sea, William! ?Mi pie, estás aplastando mi pie!

  De la casa salieron William y otro hombre; el extra?o notó la tensión y escapó cojeando.

  El hermano mayor echó a andar.

  Le dirigió una mirada a Maribel y, sorpresivamente, Clara la jaló del brazo.

  El camino era claro.

  La casa del líder.

  Clara se quedó afuera mientras William entraba junto a Maribel.

  El ambiente era incómodo; aun así, Maribel tenía una pregunta que hacer antes, tal vez intentando comenzar por algo ligeramente más fácil.

  —Entonces… ?me dejarán seguir trabajando aquí?

  Ambos la miraron con enojo reprimido.

  —Parece que el asunto del trabajo será para luego… jejeje… —dijo ella con torpeza—. Quieren preguntar mis condiciones, ?verdad?

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  —Así es. ?Qué te hizo decidir arriesgar tu vida? —preguntó el anciano.

  —?Arriesgar mi vida? —Maribel rió entre dientes—. Mi vida estaba perdida desde que nací; nacimos para morir.

  La tranquilidad con la que lo dijo, acompa?ada de una ligera risa, provocó un escalofrío en los presentes. En su experiencia, nadie era más temible que alguien dispuesto a entregar su vida.

  —Bien, entonces… ?cuál es tu condición? —preguntó el anciano.

  —Fácil. Primero que nada: hay una tribu de semihumanos cerca, ?verdad? Solo quiero encontrarme con ellos y hablar un poco. Después pueden hacer lo que quieran cuando regresemos.

  William y el anciano se miraron.

  —?Estuviste indagando los alrededores? —la tensión se acumulaba en el pecho del viejo.

  —Algo así. Tengo intenciones de negociar con ellos… si es que se puede.

  El anciano negó, decepcionado.

  —Realmente no se puede. Y aunque pudiéramos, no lo haríamos; el reino nos castigaría por aliarnos con el enemigo.

  —Lo sé… Por eso negociaré yo. Si no aceptan, entonces el problema será de ellos por no aceptar mi bondad.

  —?Qué es lo que tramas…? —preguntó el anciano.

  —Nada realmente cruel. Sinceramente, bastaría con mostrar mi buena voluntad aquí y, si todo sale bien… pues entonces habrá salido bien.

  —?Y si no? —preguntó William con seriedad, como intentando disuadirla.

  Una sonrisa nerviosa apareció en el rostro de Maribel.

  —Entonces… huiré con todo lo que tenga. Aunque nacimos para morir, aún no deseo morir.

  Las palabras dejaron caer un silencio pesado. ?Alguien dispuesto a morir que no desea hacerlo? Qué incongruente.

  —Sinceramente —dijo William—, en tu lugar estaría tan lejos como pudiera de este sitio… aunque seguramente Clara me reprocharía si me escuchara.

  Maribel recordó el enojo inicial de Clara. Antes había sospechado cosas prohibidas entre ambos hermanos; pero ahora, con la mente más calmada, no podía comprender el rumbo de aquellos pensamientos. Tal vez sus sospechas podían ser reales, pero tampoco tenía pruebas.

  —Bueno… en realidad sí tengo una forma de negociar. No me agrada, pero es la única que se me ocurre para que todos salgamos bien parados de esta adversidad.

  —Qué extra?a elección de palabras —comentó el anciano.

  Los hombres se miraron entre sí, reflexionando.

  Maribel notó el gesto; comenzaba a sospechar algunas cosas tras las conversaciones previas.

  ?Sistema, ?realmente hablamos el mismo idioma??

  La voz del sistema resonó en su mente.

  [La redacción de palabras en tu mente es interceptada y traducida al momento de hablar. Es la anfitriona quien no compara los sonidos que emite con los que debería producir originalmente].

  ??Sabes qué? Te creo. Ni siquiera noté la tierra en manos y pies de los granjeros que atendía…?.

  Al ver que Maribel guardaba silencio, el viejo tomó la iniciativa.

  —Así que… ?cuál es ese método?

  —Un hombre bestia, descendiente de un hombre lobo de linaje puro.

  Las palabras sonaron cargadas de dramatismo, lo que provocó algo más que una ceja levantada en los hombres frente a ella.

  —Tú… estás loca, ?verdad? He oído muchas veces lo insensatos que son los cultivadores al arriesgar su vida, pero no esperaba que alguien con tu carácter fuera igual… —al viejo líder le temblaban las cejas.

  —?Qué? ?Arriesgar mi vida? ?Qué significa estar vivo?

  Quería sonar valiente, pero en realidad no deseaba apostar. Aun así, fingir valor parecía ayudarla a sostenerse.

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