Drakar se encontraba en el salón real. Los ventanales de obsidiana reflejaban la luz pálida de la luna, y el suelo, hecho de una piedra tan pulida que parecía agua congelada, proyectaba su sombra como una grieta. A su alrededor, los ministros esperaban con tablillas flotantes repletas de sellos y escritos. El aire olía a tinta, a papel seco y al incienso que ardía lentamente sobre un brasero de plata.
Drakar firmaba documentos con la mano izquierda mientras, con la derecha, dibujaba sellos arcanos en el aire. Cada firma alteraba el destino de una ciudad; cada trazo movía una frontera; cada palabra sellaba destinos. El Reino del Espejo había sido un tejido de pactos entre razas que rara vez convivían. Los humanos eran la raza de aquí, visitantes de su propio suelo; los gobernantes de los reinos vecinos —elfos oscuros, bestias semihumanas, una dinastía de espíritus acuáticos— observaban ahora cada decisión del rey con desconfianza, buscando una grieta que les permitiera volver a la guerra. Y Drakar lo sabía. De hecho, lo calculaba.
—Mi se?or —dijo una ministra, inclinándose levemente—, los enviados del Reino de Bruma solicitan una audiencia. Quieren discutir la reapertura de los puertos en el norte.
—Diles que esperen dos días —respondió Drakar sin mirarla. Su voz era grave, profunda—. La última vez que discutimos con ellos, tres pueblos desaparecieron del mapa. Que esperen.
—Como ordene.
El rey continuó firmando hasta que su pluma se detuvo a medio camino. Su mirada, dorada y profunda, se alzó hacia el vacío. En el aire comenzó a vibrar una esfera transparente, como un espejo líquido. Dentro se formaban líneas y sombras: trazos de movimiento, presencias que no deberían existir.
Un leve temblor recorrió su mano.
—…Otra vez. —El tono no fue de sorpresa, sino de irritación contenida.
Con un gesto, la esfera se expandió hasta cubrir el salón entero. Los ministros retrocedieron, acostumbrados a las excentricidades de su rey.
En el reflejo aparecieron cinco siluetas caminando entre árboles. El paisaje se deformaba, como si una niebla viva los envolviera. No importaba cuántas veces Drakar ajustara el enfoque del hechizo: las figuras volvían a perderse.
—Intrusos —susurró—. O prisioneros…
El espejo vibró, distorsionando su rostro por un momento.
Un consejero dio un paso adelante.
—Mi se?or, ?es necesario intervenir? Puede que solo sean bestias de qi alto.
Drakar lo ignoró. La runa grabada en su palma brilló con un resplandor azulado.
—Nadie sale de mi reino sin mi permiso —murmuró—. Nadie.
Alzó ambas manos. La sala se oscureció. Afuera, los relámpagos rugieron en el horizonte sin tormenta alguna. Cada destello era una extensión de su conciencia, lanzada al mundo para rastrear la vibración de esas cinco presencias. Pero el reflejo del hechizo rebotó contra algo invisible: un sello que él mismo había dise?ado, un circuito de distorsión espacial oculto que deformaba las rutas no autorizadas.
Drakar frunció el ce?o.
—Son míos… pero no pueden salir. —El aire vibró con la furia contenida del rey—. Qué ironía tan miserable.
Cuando intentó forzar su percepción para romper la distorsión, un resplandor escarlata apareció en el centro de la sala. El espejo se fragmentó con un sonido cristalino, y una voz neutra, pero con autoridad antigua, resonó en su mente:
?No es asunto tuyo, Drakar?.
El silencio lo cubrió todo. Los ministros no oyeron nada, pero vieron cómo la mano del rey se crispaba.
Drakar cerró los ojos. Los segundos pasaron mientras hacía expresiones de esfuerzo. Finalmente levantó una ceja, confundido.
—Sistema… —adivinó.
?Ellos están bajo observación superior. No interfieras?.
—?Superior? —Drakar rio sin humor—. Todo en este mundo está por debajo de mí.
Pero la voz no respondió. Solo el eco de su propia respiración quedó suspendido en el aire. El espejo roto se desvaneció como humo.
El rey respiró hondo, regresando lentamente a su escritorio.
—Entonces los encontraré sin magia —susurró—. Si el espejo se niega a mostrarme su reflejo, arrancaré el reflejo del mundo mismo.
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Sacudió las manos; los fragmentos se volvieron agua y se fundieron de nuevo en un solo espejo. El sonido de los truenos continuó, lejano, buscando su blanco entre los bosques, tanteando.
Para los que estaban en el castillo, el amanecer fue tranquilo. Para los que estaban en la naturaleza, el amanecer fue gris, húmedo y frío. Las hojas destilaban gotas de agua que caían sobre la tierra blanda con un sonido rítmico.
Maribel despertó entre las ramas de un árbol ancho, con las piernas colgando y el cabello enredado por el viento. Abajo, el campamento era un conjunto de formas desordenadas: mantas arrugadas, piedras negras aún tibias del fuego y el aire pesado de una noche sin reconciliación.
Richard avivaba las brasas en silencio. Amara, con los ojos entrecerrados, meditaba sobre una roca cubierta de musgo. Sofía afilaba su lanza con un trozo de piedra húmeda. Aether, el peque?o lobo, los observaba a todos, inquieto.
Maribel descendió sin decir palabra. Su expresión era neutra, pero su qi fluctuaba con irregularidad; cada paso que daba hacía que el aire se curvara levemente, como si el bosque reconociera su disgusto.
Nadie habló. El sonido del río cercano era lo único que llenaba el espacio entre ellos.
Finalmente, fue Aether quien rompió el silencio.
—Madre… —su voz era baja, casi temerosa—. Lo siento.
Maribel lo miró, sin dureza pero sin ternura. Volteó la mirada hacia otro lado, ignorando la forma de dirigirse del ni?o.
—No te disculpes por miedo. Hazlo porque entiendes.
El ni?o bajó la cabeza. Su cola, apenas visible, se agitó con nerviosismo.
Richard se aclaró la garganta.
—Encontré rastros de una bestia al norte. Algo peque?o, nada peligroso. Pensamos que… —miró a Amara— podríamos cazarla y preparar algo.
—?Para qué? —preguntó Maribel.
Sofía respondió:
—Para compartir. Para enmendar lo de ayer.
Por un momento, el aire pareció detenerse. Luego, Maribel suspiró.
—No necesito una ofrenda. Pero si van a comer, que sea algo limpio.
Aether asintió y se adelantó. Se internó en el bosque con movimientos suaves. Su olfato percibía lo que los demás no podían: el sudor, la savia, el metal de la tierra. Se movía sin hacer ruido, un cazador nato. El resto lo siguió con cautela, intentando no quebrar ramas ni perturbar el silencio.
Tardaron poco en hallarla: una bestia de cuatro patas, parecida a un ciervo, con cuernos cubiertos de musgo y ojos negros.
Aether se agazapó entre los helechos, esperó el momento exacto y, con un salto veloz, hundió las garras en su cuello. Un rugido breve, un espasmo… y luego el silencio.
Richard lo ayudó a cargar el cuerpo de vuelta al campamento. Allí lo desollaron, limpiaron y asaron lentamente sobre brasas suaves. El olor a carne llenó el aire, pero no era el mismo aroma tentador de la vez anterior: era más terroso, más real. Comieron poco, casi con solemnidad. Nadie mencionó el incidente, pero la tensión se disolvió poco a poco, como vapor.
Amara levantó la vista del fuego.
—Maribel, ?aceptas nuestra disculpa?
Ella masticó despacio, sin mirarla.
—Acepto el esfuerzo. No la disculpa.
Aether bajó la cabeza, y Richard suspiró.
—Supongo que es lo más cerca que estaremos del perdón.
El resto del día transcurrió entre la búsqueda de frutas y raíces. El bosque ofrecía lo justo: bayas dulces, hongos blandos, cortezas comestibles.
Al mediodía, el grupo descansó junto al río. Maribel observaba el agua, su reflejo distorsionado por las ondas. Su ropa —el manto tradicional de los cultivadores, de color blanco con ribetes azules— estaba manchada y rasgada en los bordes. Sus sandalias, humildes, habían resistido más de lo que deberían gracias a un milagro.
Miró sus pies, cansada.
—?Así viviré? —susurró.
?La anfitriona puede reforzar el material con qi concentrado? —respondió el sistema.
—?Y si no puedo recuperarlo después?
?Será un desperdicio, pero no fatal?.
Maribel respiró hondo. Extendió la mano sobre la sandalia y canalizó el qi. Una red de luz blanca recorrió el tejido, fortaleciéndolo. El proceso era lento y doloroso: el sello en su pecho se oponía a cada intento.
?Estoy desperdiciando demasiada energía…?
Tomó un respiro forzado, concentrándose más. Una expresión de impotencia se formó en su rostro.
??Es como si quisiera hacer una jodida obra maestra con los huesos rotos, qué carajo!?
Dejó las sandalias y agitó las manos sin motivo, luego se inclinó, presionando el pecho.
?Dijiste que no sería un gran desperdicio, pero estoy perdiendo mi qi como agua fluyendo, con solo unas gotas que sí sirven?.
La voz del sistema volvió a hablar, con calma e indiferencia.
?Es tu falta de práctica. Además, tienes demasiado qi para gastar; eso no era nada. Deberías seguir intentando. Llegará el momento en que puedas hacerlo con facilidad?.
Después de varios intentos, se desplomó contra el tronco más cercano, sudando.
—Esto es… humillante —murmuró, con la voz quebrada.
[La anfitriona está en recuperación. Debe aceptar sus límites temporales.]
—Mis límites siempre fueron temporales. —Sonrió, cansada—. Pero este… se siente eterno. ?Cuánto tiempo tomará mi recuperación?
[Algunas personas toman centenas de a?os, pero la anfitriona se recuperará en menos que eso.]
—Debes estar jodiéndome —dijo con completo desaire.
El resto la observaba desde la distancia, sin atreverse a interrumpirla. Miraron la luz menguante.
El sol comenzó a ocultarse. Amara entró en meditación. Su cuerpo emitía una luz dorada ligeramente opaca, con grumos gruesos; el qi se condensaba a su alrededor como una corona luminosa. Richard y Sofía hicieron lo mismo, intentando estabilizar sus propios avances. Solo Maribel permaneció despierta, mirando las sombras alargarse sobre el suelo.
A la ma?ana siguiente, decidieron turnarse para tomar un ba?o en el río. El agua estaba helada, pero limpia. Se ba?aron con la ropa puesta, dejando las armas a un lado. Cuando todos estuvieron listos y el fuego volvió a encenderse, se sentaron alrededor, secando sus cuerpos y sus ropas. Aún no se habían terminado de secar cuando Amara desvió la mirada. El cielo aún no tenía nada raro, pero ella se puso de pie, sorprendida.
Fue entonces cuando el primer trueno retumbó.
Un zumbido eléctrico recorrió la atmósfera. Las hojas temblaron.
Luego, otro.
Y otro.
Aether levantó la cabeza, los oídos tensos.
—No huele a lluvia.
Maribel se incorporó lentamente, mirando el horizonte. Entre los árboles, a lo lejos, un resplandor azulado iluminaba el cielo como una tormenta naciente. Pero el aire estaba seco.
—No es una tormenta —susurró.
Sofía se levantó.
—?Entonces qué es eso?
Maribel no respondió. Su mirada se endureció, el instinto apretándole el pecho.
—Es una búsqueda.

