Rápidamente, Jana se arregló para aparentar que había estado dormida. Cuando abrió la puerta, se sorprendió al ver al caballero del príncipe frente a ella.
—Perdonad que os moleste a tan altas horas, pero el príncipe desea veros —dijo el caballero.
—?El príncipe? —replicó Jana, perpleja.
El caballero no repitió sus palabras. Ella suspiró y respondió:
—Iré entonces. —Se echó un chal sobre los hombros, recogió su cabello y lo siguió por los corredores del palacio.
Mientras avanzaban, Jana preguntó con cautela:
—?Sabéis por qué me requiere?
El caballero esbozó una leve sonrisa.
—No os inquietéis, no estáis en problemas. Recordad que os dije que informaría al príncipe de vuestras acciones durante el baile.
Jana asintió, dejando escapar un comentario con fingido bostezo:
—Supongo que desea recompensarme… ?y no podía hacerlo a una hora más decente?
El caballero se disculpó.
—Pensó que, si lo hacía en público, sólo lograría que os odiaran más. Ya es consciente de los rumores que corren por serviros de doncella de la princesa. No quiso exponeros aún más.
—Qué considerado —murmuró Jana.
—Además, acaba de terminar sus asuntos.
—?A estas horas? —se sorprendió ella.
El caballero asintió.
—Sí. El emperador poco hace, y desde joven el príncipe carga con gran parte de los deberes reales.
Jana quedó pensativa: apuesto y responsable… una combinación rara entre los nobles de esa era.
Cuando llegaron a sus aposentos, el caballero abrió la gran puerta y anunció con voz firme:
—Su Alteza, la doncella Agnes está aquí.
El príncipe se levantó de su escritorio con una sonrisa cálida aunque medida. Con un gesto, la invitó a sentarse en los divanes de su despacho. Al momento llamó a otra criada para servir té. Jana siguió con la mirada cada movimiento de la sirvienta, la mente alerta.
El príncipe, notando su inquietud, dijo en voz baja:
—No temáis. Es de confianza. Y si su lengua llegara a soltar palabra de vuestra visita, bien sabéis lo que le espera.
Jana mantuvo el semblante neutro mientras la doncella colocaba la bandeja. Tras agradecerle y despedirla, el príncipe fijó la mirada en Jana.
—Quería agradeceros en persona, Agnes. Lo que hicisteis en el baile, salvándome de una situación que pudo ser peligrosa, no ha pasado desapercibido. Estoy en deuda.
—No fue nada, Alteza. Sólo cumplí con mi deber.
—Una lealtad como la vuestra merece reconocimiento. —Tomó un broche de oro y se lo tendió—. Aceptadlo, os lo ruego.
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Jana dudó, pero comprendió que rechazarlo sería ofenderlo. Bajó la cabeza y lo tomó.
—Gracias, Su Alteza.
El príncipe, en realidad, la había convocado por más que gratitud. Su nombre había surgido demasiadas veces. La curiosidad lo devoraba.
—Agnes —comenzó con tono casual—, ?de dónde sois? Ese nombre no es común ni en este reino ni en Drakoria.
Jana posó la taza sobre la mesa con gesto sereno.
—De tierras lejanas, Alteza. Lugares que pocos aquí conocen.
—?Tierras lejanas, decís? —El príncipe arqueó una ceja, intrigado.
Ella sonrió sin comprometerse.
—Hace mucho que las dejé atrás.
—?Y vuestra familia? ?Saben que servís en palacio?
—No tengo familia. Soy huérfana, Alteza.
Los ojos del príncipe la escrutaban, intentando leer lo que había tras aquellas respuestas medidas.
—Lamento oírlo —dijo al fin—. Huérfana y de tierras extra?as… debéis de tener una gran historia.
—Nada digno de contar. Pasé de un orfanato a otro. Cuando tuve edad, me las arreglé en las calles hasta que, con fortuna, hallé trabajo en estas tierras drakorianas y acabé aquí en palacio.
El príncipe asintió en silencio, aunque no disipó su suspicacia. Tras una pausa, preguntó:
—?Y dónde aprendisteis a leer?
Jana, que llevaba la taza a los labios, casi se atragantó. Se recompuso pronto.
—?Leer? Supongo que la princesa lo habrá mencionado.
Respiró hondo y a?adió con fingida naturalidad:
—En otro tiempo trabajé en una peque?a biblioteca de aldea. El due?o me ense?ó lo básico. No escribo bien, pero leer era necesario. Me acogió siendo huérfana, y siempre le estaré agradecida. Lo llamaron a filas en la guerra drakoriana y murió. Su biblioteca aún quedó en pie, hasta que… los incendios… —Dejó la frase en el aire, cruzando su mirada con la del príncipe.
Una sombra de culpa cruzó los ojos de él, pues sabía que su ejército había arrasado tantas aldeas.
—Siento mucho lo que os ocurrió —dijo, evitando profundizar.
—He sobrevivido, Alteza, y me siento agradecida por servir aquí.
El príncipe asintió, impresionado por su aparente fortaleza, aunque convencido de que había más tras aquella fachada. Finalmente la despidió.
Sir Gareth insistió en escoltarla de regreso a sus aposentos. Ella aceptó, manteniendo la farsa de doncella humilde. Al despedirse, Jana le ofreció un peque?o envoltorio de galletas envuelto en tela.
—No es mucho, pero aceptadlo como muestra de gratitud.
El caballero, sorprendido, lo aceptó con una leve sonrisa.
—Gracias, doncella Agnes. Es un gesto amable.
—Buenas noches, Sir Gareth.
—Buenas noches, doncella Agnes.
Cuando Jana cerró la puerta, él se quedó aún un instante observándola. Al marcharse por el pasillo, abrió el envoltorio y probó una de las galletas. Una sonrisa suavizó su rostro, rara en alguien tan severo.
En medio del océano, sobre la cubierta de un navío, un esclavo negro era torturado por el capitán frente a toda la tripulación. Los hombres reían y aclamaban la brutalidad, sus voces resonando en las aguas. El único que parecía incómodo era un joven de cabello oscuro, que desviaba la vista con disgusto.
El capitán, disfrutando del tormento, se inclinó hacia el esclavo ensangrentado.
—Me encantaría acabar contigo con mis propias manos, pero no mereces tal honor.
El prisionero apenas se mantenía en pie. El capitán ordenó traer una soga. Arrastraron al esclavo hasta la borda, dejando un reguero de sangre. El capitán le tomó la cabeza del cabello y murmuró con veneno:
—Esto te pasa por haber seguido a esa ramera . Espero que te haya ense?ado a nadar.
Con un empujón lo arrojó al mar oscuro.
Las carcajadas y brindis de la tripulación llenaron el aire mientras el cuerpo desaparecía bajo las olas. El joven de cabellos oscuros apartó la vista, con el estómago revuelto, mientras los demás celebraban con crueldad.

